El BIM no se aprende. Se lucha.
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Lecciones de "Una batalla tras otra" de Paul Thomas Anderson
Hay una escena mental que muchos profesionales conocen bien, aunque nunca la hayan visto en una pantalla. Acabas de terminar un proyecto exigente en Revit — o en cualquier otro software BIM — y por un momento te parece tener el control. Conoces los comandos, has encontrado tu ritmo, sabes dónde hacer clic sin pensar. Luego llega el siguiente proyecto, con una tipología diferente, un cliente con nuevas necesidades, una actualización del software que ha movido tres elementos del menú. Y todo vuelve a empezar.
Bienvenido. No estás haciendo nada mal. Simplemente estás librando la próxima batalla.
"Una batalla tras otra" — la película de Paul Thomas Anderson estrenada en otoño de 2025, con seis estatuillas Oscar incluyendo Mejor Película — lleva en el título una verdad que quienes trabajan en BIM conocen instintivamente. No hay una batalla final. Solo hay la próxima. Y la que le sigue.
El veterano y el suelo que nunca puso
Bob Ferguson, el personaje interpretado por Leonardo DiCaprio, es un ex revolucionario que libró sus batallas años atrás. Sabe cómo funciona el mundo — o al menos, sabe cómo funcionaba. Tiene sus métodos, sus hábitos, sus reflejos construidos con el tiempo. Cuando el presente llama a la puerta, la primera reacción es defensiva: lo que conozco ha funcionado, ¿por qué debería cambiarlo?
En el mundo del diseño, ese personaje tiene muchas caras. No es necesariamente el profesional mayor e inmóvil — es cualquiera que haya invertido años en un método y se encuentre evaluando si esa inversión sigue valiendo la pena. Es quien sabe dibujar muy bien en CAD y se pregunta si el juego vale la pena. Es quien dirige un estudio pequeño y ve los costos de las licencias BIM como un muro infranqueable.

Y aquí vale la pena detenerse, porque hay una distinción que a menudo se pierde en el debate CAD vs BIM: la resistencia al cambio no siempre es pereza o miedo irracional. A veces es un cálculo económico perfectamente racional. Una licencia de Revit, Archicad o Vectorworks tiene un costo que para un estudio pequeño o un profesional independiente puede ser prohibitivo — sobre todo si el mercado en el que opera aún no lo exige explícitamente. Juzgar a quienes aún están indecisos sin considerar este contexto es cómodo, pero deshonesto.
Dicho esto, el miedo a lo desconocido es tan real como los costos. Y a menudo es eso — no la licencia — lo que realmente frena.
Willa y la elección de bando
La hija de Bob, Willa, es el personaje más interesante de la película precisamente porque no tiene nostalgia. No carga con el peso de batallas anteriores. Mira el mundo tal como es ahora y actúa en consecuencia — no porque sea mejor, sino porque ha elegido un punto de partida diferente.
En el BIM, esa elección se llama mentalidad, y no tiene nada que ver con la edad o los años de experiencia. Hay diseñadores de más de 50 años que han abrazado el método con más entusiasmo que muchos recién graduados, y jóvenes que usan Revit desde hace años sin haber comprendido realmente lo que están modelando. La variable no es demográfica. Es la disposición a cuestionar la propia forma de trabajar — no una vez, sino continuamente.

Implementar BIM no es añadir una herramienta al flujo de trabajo existente. Es elegir un nuevo lenguaje. Y como cualquier idioma, se aprende hablándolo — no esperando conocer todas las reglas antes de abrir la boca.
Para quien se pregunta "¿por dónde empiezo?", la respuesta es menos heroica de lo que espera: empieza colocando muros. O el suelo. Nadie que ya usa el software lo sabe todo — y quien dice lo contrario miente o se sobrestima. El punto de partida no debe ser el dominio total. Debe ser el primer paso consciente. Un módulo de formación básica, un proyecto simple para usar como campo de pruebas, un colega dispuesto a responder las primeras preguntas. La revolución siempre comienza en pequeño.
Sin embargo, hay un tercer personaje que vale la pena mencionar, porque quizás sea el más útil como punto de referencia: el sensei Sergio St. Carlos, interpretado por Benicio del Toro. Él también es un luchador, él también lleva un pasado pesado sobre sus hombros — pero a diferencia de Bob, lucha las batallas de hoy con las herramientas de hoy. No ha perdido el instinto. Ha actualizado el arsenal.
Sergio está en el medio: no ha abandonado la experiencia, pero no es prisionero de ella. En el mundo del diseño, ese perfil existe y es valioso precisamente porque entiende ambos lenguajes. No te dice "tienes que usar BIM porque es el futuro" — te muestra cómo lo usa él, en un proyecto real, con las mismas presiones que conoces. Y te demuestra que el bagaje acumulado a lo largo de los años no es un obstáculo para la transición. Es una ventaja — siempre y cuando no lo conviertas en un ancla.

La trampa maniquea
Hay un defecto que se le puede imputar a ciertos discursos sobre BIM, y que la película de Anderson —en su ser deliberadamente no prescriptiva— ayuda a desmantelar. Es la tendencia a construir una narrativa binaria: CAD igual a pasado, BIM igual a futuro. Quien todavía usa CAD está atrasado. Quien usa BIM está adelantado.
Es una simplificación que hace sentir bien a quien ya está en el "lado correcto", pero no sirve a nadie.
La realidad es que existen contextos en los que CAD sigue siendo la respuesta más eficiente — encargos sencillos, clientes que no requieren modelado tridimensional, estudios con flujos consolidados que funcionan. También existen malos modelos BIM, familias mal construidas, proyectos en Revit que son más caóticos que cualquier DWG. La herramienta no garantiza la calidad. La calidad la garantiza quien la usa, y el método con el que la usa.
Lo importante — y este es el punto que vale la pena llevar a casa — es que la elección sea consciente. No sufrida, no impuesta por una moda, no tomada por miedo a quedarse atrás. Una elección informada, evaluada respecto al propio contexto, a los propios recursos, al mercado en el que se opera.
Bob en la película no es tonto. Es un hombre que ha librado batallas reales con herramientas reales. El problema no es su pasado — es que sigue librando la guerra de ayer mientras el mundo a su alrededor ya ha cambiado.
La revolución no está en la herramienta
La crítica cinematográfica ha descrito "Una batalla tras otra" como una película sobre la revolución permanente — la idea, tomada de Trotsky y filtrada a través de Pynchon, de que una revolución auténtica nunca puede considerarse completa. Debe ser continua, insatisfecha, siempre proyectada hacia la próxima batalla.
En BIM esto suena familiar a cualquiera que ya tenga algunos años de práctica. Revit cambia. Los flujos de trabajo evolucionan. Llega la nube, llega la colaboración en tiempo real, llega la integración con herramientas de cálculo y análisis que hace cinco años no existían o no eran accesibles. Quien pensaba haber "aprendido Revit" en 2018 tuvo que volver a ponerse al día en 2022. Quien piensa haberlo aprendido hoy se encontrará haciendo lo mismo dentro de unos años.
No es una mala noticia. Es la naturaleza del trabajo.
La verdadera revolución no es pasar de un software a otro. Es desarrollar la capacidad de permanecer dentro del cambio sin ser arrastrado — de librar cada batalla con lo que se tiene, sabiendo que habrá otra después.
Willa lo sabe. Bob lo aprende. Sergio lo vive ya cada día. Y nosotros, frente a una pantalla con un proyecto abierto, estamos en algún punto intermedio — y así está bien.
Este artículo surge de una valiosa inspiración: la publicación de Instagram de los colegas de RT BIM Lab — "Analogías BIM de Oscar" — en la que cinco películas se convierten en cinco claves de lectura del mundo BIM. He añadido la mía, que se ha convertido en esta pieza. Gracias por la inspiración.